martes, julio 06, 2010

Aprendizajes compartidos

Por Hilde Adolfo SánchezF.

Uno de los problemas de la inteligencia racional es su necesaria esquematización y organización asociativa de las ideas, de las imágenes, de los conceptos. Por ello los mapas o esquemas conceptuales tienen utilidad lineal; la dispersión, la disgregación, los atajos y vericuetos son difíciles de concebir.
En mis revisiones sobre Ausubel[i] y Novak[ii], tanto para el estudio de los mapas conceptuales como para el aprendizaje significativo, en oposición al aprendizaje mecánico, me encuentro con algunas paredes a las que inexorablemente debo derribar. Los mapas conceptuales son recursos importantísimos para el desarrollo de la racionalidad, tanto en la cognición como en la metacognición y responden, por lo tanto, al necesario entrenamiento de la inteligencia racional (cognitiva y metacognitiva). Todo su desarrollo y creatividad serán indudablemente interesantes, pero limitados. Hasta para hablar de las emociones se requiere de la inteligencia racional (mental, dirían muchos); pero sólo saliendo de esas barreras del convencionalismo lograremos dar el gran salto.
El mapa conceptual facilita la enseñanza pues dirige la intencionalidad pedagógica, ayuda al aprendizaje, conduce el recorrido del aprendiz. Debe el docente, sin embargo, garantizar la expresión y demostración de las múltiples posibilidades del estudiante, quien puede recorrer caminos distintos, y hasta opuestos, a los presentados por el docente con iguales y hasta mejores resultados.
Como evidencia debo reconocer la valentía de Novak para aceptar que su rango es la taxonomía de Bloom, con los niveles V y VI como su máxima aspiración:
Una vez que los estudiantes han aprendido a preparar mapas conceptuales, éstos pueden emplearse como instrumentos poderosos de evaluación. En su Taxonomía de los Objetivos de la Educación (1956), Bloom esbozó seis “niveles” de objetos educativos.[iii] Es sencillo redactar preguntas objetivas para comprobar si se han alcanzado los objetivos que Bloom llamaba del Nivel I (recuerdo memorístico de información concreta), pero resulta extremadamente difícil diseñar una prueba que determine si los estudiantes han analizado, sintetizado y evaluado los nuevos conocimientos (objetivos comprendidos en los Niveles IV a VI). (Pág. 3)
La otra afirmación discutible de Novak es que “no se comparten los aprendizajes sino los significados”.
Concretamente dice:
Adviértase que en ningún momento hablamos de aprendizaje compartido, porque el aprendizaje no es una actividad que se pueda compartir, sino un asunto en el que la responsabilidad es del individuo. En cambio, los significados sí se pueden compartir, discutir, negociar y convenir. Pág. 9.
El aceptar esta afirmación de Novak implica una serie de riesgos que me atrevo a expresar, para compartir. Ciertamente el significado es un contenido semántico condicionado por el sistema, por el contexto.
Significado, da. (Del part. de significar). Adj. Conocido, importante, reputado. || 2. m. Significación o sentido de una palabra o de una frase. || 3. Cosa que se significa de algún modo. || 4. Ling. Contenido semántico de cualquier tipo de signo, condicionado por el sistema y por el contexto. (DRAE)[iv]
El aprender se refiere a la adquisición individual, personal de algo por medio del estudio o de la experiencia (aprendizaje significativo ausubeliano).
Aprender. (Del lat. apprehendĕre). tr. Adquirir el conocimiento de algo por medio del estudio o de la experiencia. || 2. Concebir algo por meras apariencias, o con poco fundamento. || 3. Tomar algo en la memoria. || 4. ant. prender. || 5. ant. Enseñar, transmitir unos conocimientos. (DRAE)
Creo que la intención es hacer sentir al estudiante como el definitivo responsable del aprendizaje (Novak lo afirma). Esto ha ido sustituyendo, en el léxico educativo, el término educar por aprender[v] y con ello se han ido prefiriendo los vocablos tutor, guía, facilitador en vez de docente, maestro, profesor y educador, generando paulatinamente en una desaparición de la obligatoria responsabilidad pedagógica hasta llegar en un irresponsable y cómodo “dejar hacer” y en algunos casos hasta el “trabajen ustedes que yo cobro”.
Se rechaza el término por el desconocimiento de la virtud polisémica del castellano (para no referirme a otras lenguas como el francés o el inglés). ¿Será porque el aprendizaje no se puede repartir, dividir o distribuir en partes? Se obvia que el compartir se refiere también a la posibilidad de compartir, en el sentido de participar.
Compartir. (Del lat. compartīri). tr. Repartir, dividir, distribuir algo en partes. || 2. Participar en algo. (DRAE)
De manera que compartir es sinónimo de participar y en esta acepción nos refugiamos los que sí creemos en el aprendizaje compartido. En el aprendizaje que se comunica, en el aprendizaje que se participa.
Participar. (Del lat. participāre). intr. Dicho de una persona: Tomar parte en algo. || 2. Recibir una parte de algo. || 3. Compartir, tener las mismas opiniones, ideas, etc., que otra persona. Participa de sus pareceres. || 4. Tener parte en una sociedad o negocio o ser socio de ellos. || 5. tr. Dar parte, noticiar, comunicar. (DRAE)
Se comparte cuando se asumen las mismas opiniones, ideas de otra persona. Es que no podría ser de otra forma. Eliminar tan alegremente el compartir del aprendizaje sería descartar la función pedagógica. El docente comparte sus descubrimientos, sus opiniones, sus pareceres con sus alumnos. Esos pareceres, esos conocimientos los compartió antes, probablemente con sus maestros, con sus libros, con sus compañeros de estudio. Cómo se explica el logro esperado de Novak cuando dice que “La confección de mapas conceptuales por grupos de dos o tres estudiantes puede desempeñar una útil función social y originar también animadas discusiones en clase”. (ib. Ídem). Estudiantes y docente discuten significados; pero también, discuten y comparten aprendizajes.
A esto se agrega que el alumno debe compartir sus aprendizajes con su docente para que éste pueda verificar ese logro y valorarlo con una calificación. ¿Acaso se evalúan sólo significados?
El compartir el aprendizaje, más que los significados, le da fuerza individual y colectiva al aprendizaje. El significado tiene un infinito valor personal, pero el aprendizaje agrega un valor especial al acto educativo; le da un sentido trascendente y mantiene la necesidad de la escuela como “sistema”, como “ambiente”, como entorno del acto educativo.
Si logramos compartir estos aprendizajes y revisamos nuestro papel y nuestra responsabilidad como docentes, tal vez encontremos las fallas que como tales estamos cometiendo y a lo mejor descubrimos que ser docente tiene mucha más dificultad que la que probablemente estamos experimentando. Ser docente no es decirles a nuestros alumnos lo que deben aprender, inventar, descubrir, producir, e incluso llegar a sustituir nuestra función mientras nos limitamos a criticar, censurar y, en muchos casos, a burlamos de ellos pues sencillamente no tenemos la más remota idea del esfuerzo que están haciendo para lograr su aprendizaje. A lo mejor no hemos alcanzado el nivel de nuestros alumnos. Para beneficio de nuestros alumnos y para la tranquilidad de nuestra conciencia, sigamos compartiendo nuestras experiencias de aprendizaje.
En Palermo de Cubiro, 11 de junio de 2010.

[i] Ausubel, D. P. (1976). Psicología educativa. Un punto de vista cognoscitivo. Ed. Trillas. México
[ii] Novak, J - Gowin, B. (1988) Aprendiendo a Aprender. Martínez Roca. Barcelona
[iii] Se ha criticado ampliamente, y con razón, la validez de los seis niveles de la taxonomía de Bloom. Si nos referimos a este trabajo es sólo porque se cita abundantemente en la literatura educativa y porque es bien sabido que la evaluación de los objetivos “más elevados” resulta, en el mejor de los casos, difícil. (Esta nota es de Novak, no mía).
[iv] Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española
[v] Enseñar como antónimo de aprender, según DRAE

lunes, abril 19, 2010

Guerrilla metonímica

Por Hilde Adolfo Sánchez F

Cuando los muchachos antichavistas crearon el slogan “tas´ponchao”, a nadie se le ocurrió que habían jugado una “caimanera” con el presidente, y que le habían propinado los 3 lanzamiento por el “plato” sin que el mandatario lograra tocar la bola. El pasado 18 de abril leímos en la prensa: “Sabuesos detienen a 30 ciudadanos y los ponen a la orden de la justicia”. ¿Será posible que la sociedad protectora de animales proteste por el uso inapropiado de los canes? ¿Se ofenderán los integrantes del CICPC por ser tratados como perros?

Agreguemos: “Desde ayer comenzó la gira de medios por toda Venezuela promocionando su tema Traficando Flow, homólogo de su nuevo disco”. Esto es parte del texto de promoción de Waika MC de su producción “TRAFICANDO flow”, dice el cantautor que “se trata de una mezcla de hip hop, con ritmos afrocaribeños y música latina, que tiene buena vibra y expresan una letra de contenido social”. (http://www.analitica.com/va/entretenimiento/ocioccs/8988616.asp )
¿Quién puede pensar que esta producción se refiere a algún criminal? La notoriedad comunicacional del tráfico nos lleva a pensar en el mundo delictivo con esta palabra, pero esa restricción idiomática no castra la multiplicidad semántica de la palabra “traficar”, como “comerciar”, además de “hacer negocios no lícitos”.

Hace unos cuantos años, en Venezuela, se armó una frenética discusión por una canción de Guillermo Dávila en la que él hablaba de “Sin pensarlo dos veces, nos violamos de amor”. “Morirse de miedo”, hecatombe, colapso y muchos otros vocablos tienen un extremo significado, a lo que se agrega el recurso alegórico, figurativo para generar sus variaciones.
Al padre Rojas lo amonestó hipócritamente la iglesia por decir “Patria, socialismo o muerte”, la misma iglesia que ha impuesto el terror, la muerte (y no, alegóricamente), la iglesia que nos ha enseñado que sólo podemos matar y dar la vida por Dios y por la Patria. Esto justificó las cruzadas, por ejemplo. ¡Cuántos mártires son venerados por haber dado su vida por Dios!

Cíclicamente van surgiendo estas experiencias contradictorias en el idioma que conducen al enriquecimiento de la capacidad comunicacional de los hablantes, afortunadamente. El término guerrilla (diminutivo de guerra) es una “pelea de poca importancia”. Además de éste y otros significados se conoce como guerrilla, al antiguo juego de naipes. Cuando se dice “en guerrilla”, se trata de un locativo adverbial para referirse al trabajo “en grupos poco numerosos”. También da a entender que se trata “aisladamente, separados unos de otros” (DRAE).

Cada quien puede interpretar el término como le parezca alguna de sus acepciones. No creo que se haya armado algún conflicto cuando se inauguró el primer campeonato de naipes llamado “guerrilla”. Ahora bien, como la guerrilla es diminutivo de guerra es oportuno aclarar este vocablo que además de sus significados muy populares, actualmente, como desavenencia y rompimiento de la paz entre dos o más potencias, lucha armada entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación, en sentido figurativo, se refiere a “guerra campal entre madre e hijos”. Una guerra de bolas es un juego de billar en el cual entran tantas bolas cuantos sean los jugadores, y consiste en procurar hacer billas.

¿Quién no ha oído la expresión guerra de cifras, cuando se hace referencia a discrepancia sobre las cifras referentes a algo? ¿Qué es una guerra de palos? Un juego de billar en el que se colocan en medio de la mesa cinco palitos numerados, con los cuales se efectúan los lances. ¿Quién no habla hoy en día de guerra de precios para referirse a la rivalidad entre varias compañías o establecimientos por ofrecer los precios más bajos a sus clientes? Muy oportuno para referirnos a la famosa guerra sucia, conjunto de acciones que se sitúan al margen de la legalidad y combaten a un determinado grupo social o político. ¿Y cuando un niño da guerra por causar molestia, o por no dejar tranquilo a alguien?

Es probable que el próximo 13 de junio ya no bailemos la Batalla en homenaje a San Antonio pues “no debemos estimular los enfrentamientos entre los niños”, cuando esta costumbre ancestral con el baile de garrotes jamás ha sido pensada negativamente sino como reconocimiento a la acumulación tradicional de una cultura que el sistema educativo la transmite generación tras generación. Cada uno de estos términos ha ido variando históricamente de acuerdo con necesidades expresivas de cada ocasión. Eso ha sido bien interpretado y se ha producido un desplazamiento semántico en función de la aceptación o no de los hablantes. Si no queremos ver La Batalla como un hermoso Son del Tamunangue por referirnos a una expresión violenta, debemos eliminar las competencia de sables, espada, esgrima, boxeo, lucha. Debemos eliminar el béisbol en el que se “enseña” a los niños a “estafar, robar” las bases y hasta se otorga un premio al mejor “estafador”.

Si revisamos nuestras fechas patrias, unas cuantas son para celebrar batallas, asaltos, guerras, guerrillas, enfrentamientos militares, sublevaciones y hasta “traiciones” ¡Cuántos epónimos (como Andrés Eloy Blanco, Lisandro Alvarado, etc.) deben sentirse como “cucarachas en baile de gallina” con tantos guerreros, combatientes, militares como “colegas simbólicos”! Es que la diferencia entre traidor y héroe la impone el “triunfador”. El ascenso al poder de unos y otros va intercambiando ese orden a gusto y antojo.

Ciertamente debemos estar pendiente y observar de qué se trata la “guerrilla comunicacional”. Dentro de la “guerra mediática” (entre medios chavistas y antichavistas), me parece que se trata, y es una simple especulación, de la multiplicación del programa “La Hojilla” de Mario Silva, una guarimba mediática, tal vez (descripción, sin bautizo, por Chávez en su enfrentamiento con Caldera y como criminalización contra sus opositores, después). No tengo dudas de que esta nueva “guerrilla” es una acción política; y de acuerdo con lo que han dicho algunos voceros chavistas se trata de “enfrentar aisladamente con iniciativas espontaneas, “la mentira de los medios”. Algo parecido a lo que hicieron los teléfonos celulares en España en las elecciones y la terrorista explosión de la estación del metro, con Zapatero como el ganador de esa “guerra” de mensajes de texto. La misma guerrilla impuesta por la oposición venezolana por medio de las “redes sociales”, sólo que los chavistas la bautizaron y con tan estruendoso éxito que han superado a los publicistas cuya inteligencia parece que se les ha quedado en los genitales (“sólo el sexo vende”).

Recordemos que como “guerrilleros” ultramodernos se comportaron los estudiantes de la oposición cuando se movilizaron recientemente en Caracas, mediante el twitter; engañaron a todo el mundo, especialmente a los organismos de “seguridad” del estado y a los mismos dirigentes del oficialismo. Sorprendieron a propios y extraños cuando se aparecieron en el canal 8 para exigirles a directivos de esa planta que modificaran su violenta programación. Expresaron fuertes críticas muy especiales al programa del Mario Silva. Creo que esa acción fue de “guerrilla” y no precisamente para generar violencia sino en busca de la paz. Si lo hubiesen hecho convencionalmente, en el marco de una batalla, no habrían llegado al canal o se habría generado algún lamentable enfrentamiento.

De manera que, como lo expresa el DRAE, la metonimia es, en el mundo de la retórica, un tropo que consiste en “designar algo con el nombre de otra cosa tomando el efecto por la causa o viceversa, el autor por sus obras, el signo por la cosa significada, etc. (las canas por la vejez; leer a Virgilio, por leer las obras de Virgilio; el laurel por la gloria, etc.).

No es necesario aparentar ser menos inteligentes que lo que realmente somos. El gobierno quiere decirle a la oposición cómo debe desempeñar ese rol y son esas críticas duras las que le han permitido al antichavismo cambiar y avanzar. Los antichavistas sólo se preocupan por declarar malo todo lo que viene de sus adversarios sin que surja alguien que ofrezca un proyecto distinto del socialismo; tal vez temen que con sus observaciones el gobierno corrija y mejore el país y se aleje más la posibilidad del “quítate tú pa´ponerme yo”. El gobierno está empeñado en imponer un “socialismo capitalista” y a los antichavistas parece que les gustaría un “capitalismo socialista”. Probablemente ambos bandos están de acuerdo “diacrónicamente”; como con la Constitución pues quienes más la rechazaron se han constituido en su más apasionada defensa y a quienes la escribieron ahora les genera urticaria. Desde Palermo de Cubiro.

El guerrero y la dama

El guerrero feroz
por su amada luchó.
Quiso siempre con su alma cuidar
que a la princesa
de los pies a la cabeza
ni una larva mancillara.
El guerrero feliz sabe
que el triunfo fue su proeza.
El resultado, la dama ilesa.
Lo que nunca supo el guerrero
quien equivocado creyó
interpretar a la beldad
fue que con el guerrero
la dama marchitaba su sueño
y al enemigo por desgracia
ella quería como dueño.
La defensa fue en vano
la dama no necesitaba
del guerrero protección,
el enemigo era el guerrero.
El armígero sólo estorbaba
al deseo de la doncella
quien esperaba en su confusión
contra la voluntad del hidalgo
encontrarse esta vez
con su nuevo corazón

Jardinero, Jardinero

-Jardinero, jardinero
regálame esa flor.
-Perdona hombre extraño
No te puedo complacer
el néctar de mi jardín
sólo es para mí, no tuyo
si quieres probar una flor
prepara tu vergel,
siembra tú, tu capullo.
-Jardinero, jardinero
puedes mirar mi flor
que en tu jardín se formó
y no necesité sembrar.
Disfruto, sí, su aroma,
también su gran sabor.
Sin tener que regar,
y ni por un instante proteger,
permito que tú, hortelano
mi flor puedas besar.
-Jardinero, jardinero
no llores más por favor
las lágrimas pueden
el huerto así dañar
y también ¿por qué no?
mi esplendoroso y nuevo ajuar.
Sigue sembrando flores
que otra abeja ha de venir.
Si no cumples tu faena
ni el olor podrás sentir.
-Jardineros e insectos
déjenme en paz por favor
no puedo más esta angustia
no aguanto ya este dolor.
-La inmolada trata de hablar.
-En tanta confusión
sólo atino a decir, al tener que decidir,
¿cuál jardinero o abeja
poseerá esta débil flor?
¿Cuál de ustedes por siempre
tendrá entonces mi amor?

En la amistad, en el afecto, en el amor, de alguna manera fungimos de guerreros, insectos y jardineros. Ese amor, en todas sus manifestaciones, (amistoso, pasional, filial o paternal), parece que se debate siempre entre la tristeza y la alegría, entre el sufrimiento y el placer. La búsqueda de la paz de unos puede perfectamente ser la intranquilidad, la angustia de otros. El amor, no obstante, siempre ha de ser entrega ciega, absoluta y eterna por el bien de los seres que amamos. Esa entrega y el desprendimiento, la posesión y la libertad son caras de una misma moneda, son contradicciones, paradojas de una misma verdad.
Mis hermosos jardineros, Adolfo y Josefina, cumplieron el pasado 6 de febrero, los primeros 50 años de convivencia conyugal. Espero que el néctar que produzco satisfaga sus agrestes y virgilianos sueños. Reciban las evidencias de mi infinito amor. En mi cotidianidad me desenvuelvo entre ser rosa y ser jardinero, pero cómo disfruto al recordar mi vida en el bucólico jardín que ustedes amorosamente siempre me prodigaron.
Feliz día de San Valentín, Feliz día de los enamorados. Feliz mes del amor, del afecto, de la amistad. (Y pensar que mi padre ya no está, pero aún se siente su amorosa y férrea presencia)

miércoles, mayo 30, 2007

Vaso de agua

Por Hilde Adolfo Sánchez F.

He sido invitado a dictar un curso de Redacción Científica y Producción Intelectual dentro del diplomado de investigación del IUETAEB. No dudé ni un instante en aceptar pues será un retorno como docente a la institución en la que fui objeto y sujeto de construcción personal e institucional. La otra razón es porque siempre he pensado que la redacción es una herramienta muy útil para la expresión, difusión y publicación de las ideas y más aún en el profesional universitario. El lenguaje está en el pensamiento, en la cotidianidad y con ello en la cultura; el lenguaje está en la formación del ciudadano, en el profesional, y el lenguaje está en la evidencia documental de la lectura y la escritura y con ellas en una prueba de la producción del intelecto humano.

El redactar no es un problema externo de gramática, aunque sin alguna gramática no podríamos redactar. Redactar no es un problema de comunicación, pero sin dudas que muchas comunicaciones truncadas se han originado en sintagmas confusos. Por ello han surgido la gramática, la lingüística, la fonética, la fonología, la morfología, la sintaxis, la semántica. Con frecuencia el estilo y la cultura se convierten en los elementos directores de ese sintagma que se escribe, de ese sintagma que se lee pues hermosa es la redacción que busca la composición. Son muchas las discusiones que se imbrican ante errores gramaticales, y quien tiene poder espera que su error sea asumido como norma por la sociedad; pero quien se cree que jamás ha cometido ese error espera una inmediata corrección. Un ejemplo de ello lo constituye el título de este artículo. Permanece la duda de si se dice “un vaso de agua” o “un vaso con agua”. Evidentemente que tengo muy clara mi posición al respecto, mas no pretendo imponerla a nadie pero; es inaceptable que quienes creen tener poder pretendan imponer la estructura sintagmática en cuestión a toda una sociedad. Este análisis es gramatical y estoy consciente de que esa perspectiva no debe ser la privativa. Las explicaciones que siempre he oído son gramaticales, también, pero incompletas.

En cualquier texto de lingüística y hasta en el más sencillo diccionario leemos que la preposición es una palabra que relaciona un nombre o un pronombre con otra palabra de la que es complemento. Las preposiciones enlazan un elemento sintáctico cualquiera, principalmente, un sustantivo o equivalente, con el que forma un complemento de otro sustantivo, mujer “con” suerte, de un verbo, voy “a” casa, de un adjetivo, bueno “de” naturaleza, de un adverbio, lejos “de” casa, de un pronombre, ninguno “de” nosotros, o de una interjección, ¡ay “de” mí! Al término del cual depende el complemento se llama término regente, núcleo o inicial, y al término que sigue a la preposición, término regido o terminal. La función de la preposición es la de ser un enlace de subordinación y su significación semántica nos refiere a circunstancias espacio-temporales y nocionales que vienen determinadas por la misma preposición y su término. La preposición “de” se emplea formalmente para introducir el complemento agente de la voz pasiva, aunque hoy es más frecuente el uso de la preposición “por”: es muy querido “de” todos, es admirado “por” todos. Es muy pública la ignorancia de los que no entienden lo de la “tierra del sol amada” y creen es el sol el amado, cuando se trata de la tierra zuliana la amada por el sol.

La preposición puede marcar principalmente posesión o pertenencia: el libro “de” mi padre; MATERIA: VASO “DE” CRISTAL; CUALIDAD: MÚSCULOS “DE” ACERO; origen o procedencia: viene “de” Cubiro; causa: se desternilló “de” risa; parte: comió “de” lo que había; cantidad indeterminada: comió “de” todo; tiempo: la hora “de” cenar; modo: salto “de” espaldas. Se usa con infinitivos: difícil “de entender”. Sirve para marcar la ilación o la consecuencia: “de lo dicho, hasta el momento” no hay nada. Puede colocarse entre distintas partes de la oración para indicar dolor, pena o amenaza: ¡ay “de” mí!, !pobres “de” nosotros!, ¡Ay “de” ustedes, si no lo hacen! Se usa en lugar de otras preposiciones: me contestó “de” mala forma (con). Voy “de” Cabudare a Barquisimeto (desde). Lloré “de” pena (por). Botas “de” deporte (para). Con todo lo dicho, su uso sintáctico más frecuente es como introductora del complemento del nombre o del circunstancial.

Hemos visto entonces que la preposición “de”, entre sus múltiples significados, también puede reflejar CUALIDAD y MATERIA. Esa cualidad puede describir la composición, de madera, de cristal, de peltre, (la materia de que está hecha una cosa, PUENTE DE HIERRO) pero también puede describir la MEDIDA (atribución del contenido al continente, UN VASO DE VINO; UN PLATO DE CARNE). Por ello cuando oímos “un metro de tela” no quiere decir que sólo se puede entender que el metro está compuesto de tela y esta relación es transferible a litro, kilómetro, taza, cuchara y por su puesto a vaso. De manera que cuando usted pide un vaso de agua está pidiendo una cantidad de agua y, con el perdón de los mesoneros y cantineros, no la cualidad o materia del vaso. A usted no le importa si el vaso es de cartón, cristal, peltre o vidrio, ni está pidiendo un vaso construido con agua. Insistir en un “vaso con agua” en vez de un “vaso de agua” creo que sea ignorancia, más que ingenuidad o estupidez.

Definitivamente un vaso de agua podría ser un vaso con agua, pero un vaso con agua no necesariamente es un vaso de agua. En una taza de agua podría haber dos vasos de agua sin los respectivos recipientes y el que nos tomemos dos cucharadas de jarabe no significa que hayamos roto nuestras amígdalas por el metal de la cuchara que hayamos usado. Un vaso con agua lo será con el solo hecho de estar mojado por dentro o por fuera.

De manera que podemos, como lo hemos hecho tradicionalmente, libremente pedir un kilómetro de carretera, una cucharada de jarabe, un kilo de queso, un plato de sopa, una bolsa de hielo, una botella de cerveza, un tobo de agua sin temor pues no estamos trasgrediendo ninguna norma lingüística; no obstante si sustituimos la preposición “de” por “con”, deberemos dar algunas incómodas explicaciones, probablemente.

El manual de la UPEL: culpas e inocencias

Por Hilde Adolfo Sánchez F.

A la UPEL le podemos endilgar muchos errores, propios y comunes con otras instituciones de educación superior, pero entre muchas cosas buenas quiero destacar la publicación de su ya famoso, hasta internacionalmente, Manual de trabajos de grado de especialización y maestría y tesis doctorales. Ese manual, por ejemplo, aclara perfectamente la generalizada duda entre trabajos de grado y tesis doctorales (aunque en las página 34, 65, 159 y 164 se refiere confusamente a “trabajos y tesis de grado”, en contradicción con el título), interpreta tan perfectamente las normas de la APA (American Psychological Association) (¿insulto o halago?) que la mayoría de universidades y centros de investigación no tienen ningún problema en recomendar su uso. Es prácticamente imposible imaginar una fuente que no haya sido considerada por el Manual. Ciertamente los manuales son antipáticos (como la mayoría de las normas) porque someten a una cuadratura pero precisamente “el manual de la UPEL”, con sus acertadas actualizaciones, da para todo; antes de la moda cualitativista, ese manual ya abría las puertas para una manera de enfrentar el proceso investigativo y el consiguiente informe (salvo la “ningunizacion” de la primera persona con la oportuna nota de excepción para “los enfoques cualitativos, interpretativos, críticos que estén fundamentados en procesos reflexivos del autor”).

No sin razón cabría preguntarnos ¿cuál es el problema? Creo que la interpretación que de ese manual se hace frecuentemente. Presenta un esquema positivista y reduccionista (problema, marco referencial, método y resultados, por ejemplo) pero también aclara que es una posibilidad pues cada estudiante “deberá demostrar su capacidad para aplicar métodos y técnicas de investigación adecuadas al caso según peculiaridades y objetivos de cada subprograma” y “pueden realizarse siguiendo cualesquiera de los paradigmas o enfoques de investigación propios de las disciplinas en las que se ubique la temática escogida, siempre cuando el estudiante, logre justificar, de manera satisfactoria la metodología seleccionada” y por si fuera poco permite, dentro de los proyectos especiales de las más diversas categorías “con objetivos y enfoques metodológicos no previstos en las normas, pero que puedan producir un aporte significativo al conocimiento sobre el tema seleccionado y a la cultura”.

En cuanto al lenguaje que debe usarse, ordena “que se debe emplear un lenguaje formal, como corresponde de acuerdo a (sic) la especialidad, simple y directo, evitando en lo posible el uso de expresiones poco usuales, retóricas o ambiguas así como el exceso de citas textuales”. Afortunadamente acota “en lo posible” pues injustamente se mete en un mismo saco lo ambiguo y lo retórico en oposición a lo simple y directo. Felizmente la experiencia investigativa ha demostrado necesidad de espacios para la ironía, para la metáfora y hasta para lo hiperbólico (hay manuales que prohíben el uso de adjetivos). El estilo no es nada más que un catálogo de formas universales anteriores y exteriores a la expresión concreta, pero que muestra el carácter de autenticidad y unidad de un mensaje, de la expresión de un genio individual: El estilo es la evidencia de la presencia del hombre.

No creo que en los brillantes redactores (visibles y ocultos) privó el deseo de arrinconar la antítesis en la que se produce aproximación de dos palabras, frases, cláusulas u oraciones de significado opuesto, con el fin de enfatizar el contraste de ideas o sensaciones o el oxímoron en el que se produce conjunción de opuestos, y ni hablar de la antonomasia, la comparación o símil con los que se establece un vínculo entre dos clases de ideas u objetos.

Cuantas veces usamos el concepto (metáfora elaborada, a menudo extravagante, que establece una analogía entre cosas totalmente disímiles). Si la hipérbole debe eliminarse que queda para la lítote, también llamada atenuación, que consiste en decir menos para decir más. Es frecuente el requerimiento de la unión de dos imágenes que pertenecen a diferentes mundos sensoriales (sinestesia). En el anticlímax, esa serie de ideas que abruptamente disminuye en dignidad e importancia al final de un periodo o pasaje, generalmente para lograr un efecto satírico con mucho espacio en recientes investigaciones cualitativas. Desde el punto de vista retórico, la interrogación es aquella que no se realiza para obtener información sino para afirmar con mayor énfasis la respuesta contenida en la pregunta misma o, en otros casos, la ausencia o imposibilidad de respuesta. Muchas conclusiones y recomendaciones (y hasta títulos) pueden incluir válidas interrogaciones retóricas. Cuando el manual se refiere al estilo establece que junto a “la terminología y a la forma de presentación de los datos numéricos (sic) deben ser coherentes a lo largo de la exposición”.

No obstante estos detalles, he observado que el desconocimiento de muchos, coloque en el banquillo de los acusados al famoso manual atribuyéndole normas que no aparecen en ningún lado como la supuesta obligación absurda de colocar una coma o un punto entre el sujeto y el predicado para indicar una separación entre la referencia autor/fecha y el resto del texto, cuando el manual da unas recomendaciones para el obligatorio listado final de referencias (Pág. 43). Por cierto, como una demostración del exiguo acercamiento a la lectura, algunas personas “acusan” al manual de obligarlos a utilizar un solo orden de ubicación de las referencias en los párrafos castrando la libertad que el mismo manual da para la inserción al principio, en el texto o al final de cada párrafo.

Para colmo, algunos acusan al Manual de obligarlos a usar conectores lingüísticos al comienzo de párrafo indispensables en los textos jurídicos, especialmente en las sentencias, en las que debe “maniatarse” el texto para no permitir generalizaciones interpretativas en casos o condiciones parecidas. Como cuesta leer en un informe de investigación con una inútil prolijidad de: “ahora bien”, “al respecto”, “analizados los argumentos previos”, “como ya se dijo anteriormente”, “de acuerdo con lo establecido”, “de esta manera”, “de igual manera”, “dicho lo anterior”, “en consecuencia de lo anterior, “en este orden de ideas”, “en este sentido”, “en virtud de lo anterior”, “por las razones precedentemente expuestas”, “por otra parte”, “con relación a lo expuesto”, “de acuerdo con lo anterior”, “en concordancia con lo anterior”, “en el mismo orden de ideas”, etc. Con este disfraz de aparente estilo científico se ofende la inteligencia del más ingenuo lector. Es muy difícil encontrar libros, reportajes, ensayos bien escritos, agradables, no monótonos que cometan estos abusos muy en boga y propiciados tal vez por incuestionables “expertos” que han creído ayudar a aprendices de redacción dándole (ingenuamente, tal vez) una patada a la lámpara del arte y a la verdadera capacidad expresiva de creativos intelectuales en potencia.

Por cierto, a pesar de ser el Manual un instrumento con características jurídicas, sólo incluye dos de estos conectores (“por otra parte” y “por lo expuesto”) en la introducción de las “indicaciones complementarias”. Como le digo a mis alumnos: la escritura no se desarrolla fundamentalmente porque cada día nos alejamos más de la más hermosa fuente generadora de escritores, la lectura.

Dequeísmo

Por Hilde Adolfo Sánchez F.

Gracias al amigo Amado López, un grupo de músicos tuvimos la oportunidad, en 1987, de estudiar Armonía y Composición con el Prof. Juan Soublette. Cómo aprendimos con el maestro quien todavía comparte su pasión por el ajedrez y la dirección coral con la composición en Maracay. Entre las recordadas cosas que nos enseñó, se me grabó en la memoria cuando, con mucha vehemencia, nos decía a Omar Gómez, a Juan José López, al mismo Amado López y a Jorge Loaiza, entre otros, que si algo sonaba bien, sencillamente estaba bien. No había que mortificarse por indagar si se cumplían o no las reglas establecidas. Debíamos disfrutar aquello y ya. Creo que esto es válido para todas las artes y la composición literaria no es la excepción.

A esto se agrega que en la lengua, el usuario es el artista y como tal selecciona los recursos lingüísticos y extralingüísticos para expresarse. No es la normativa convencional el criterio para aceptar o no la expresión idiomática; sin embargo, son esas normas lingüísticas, con frecuencia erróneamente interpretadas, las que determinan, modifican o eliminan el uso de alguna categoría gramatical, algún sintagma. El limitado uso del gerundio, la incorporación de “accesar” por acceder, de “aperturar” por abrir y la mala interpretación del dequeísmo son ejemplos del impacto negativo que tienen algunas absurdas explicaciones gramaticales en el uso del idioma. Cuando una expresión se impone por el uso, no hay nada qué hacer; las explicaciones gramaticales por lo general tienen la fuerza para modificarlas o afianzarlas. Es cierto, sin embargo, que las convenciones gramaticales se aprenden estudiando la gramática o leyendo; suponemos que a quien leemos conoce la lengua. Miguel de Cervantes Saavedra demostró hasta la saciedad su profundo conocimiento de las lenguas por lo que aún hoy día es excusa para la investigación sociolingüística.

Algunos creen que el dequeísmo consiste en la execración de la expresión “de que” en nuestro idioma. Tremendo error pues el dequeísmo es el uso incorrecto de la preposición “de” antes de la partícula “que”, lo que evidentemente sugiere que a veces está mal, pero en otras ocasiones está bien. “Me convencí de que te quería“, es una demostración del uso correcto, pero “es necesario que vengas” sería un disparate si antecedemos el “que” con la preposición “de”. En la expresión “me convencí de que te quería“, estoy diciendo que me convencí “de algo”. El verbo convencer exige la preposición "de" . De allí el disparate cuando alguien dice "a pesar algo" en vez de "a pesar de algo" (haciendo la sustitución de “que” por “algo”). Caso contrario en “pienso que”, “creo que”, etc. pues al anteceder la preposición “de” caeríamos en el famoso “dequeísmo”. Hay dequeísmo cuando se usa inapropiadamente la preposición en “pensando de que” en vez de “pensando que”. Es incorrecto decir "de que" en "es necesario de que vengas" cuando lo apropiado sería "es necesario que vengas".

La no equivocada corrección del dequeísmo ha reducido de alguna manera la creatividad expresiva del habla hispana. Llega a mi memoria los análisis de las siempre queridas y recordadas Juanita de Viaña así como Zoraida Melo o la brillante compañera de estudios de gramática, Limery Delgado. En todo caso es recomendable buscar todos los ejemplos que podamos y sustituyamos el término de la proposición (dentro de la construcción excocéntrica preposicional) por la palabra ESO y veremos que todo se ve mucho más claro. Por ejemplo: ¿Cuál será?: ¿convencerse de ESO o convencerse ESO? Ciertamente la explicación es lingüística, no lo niego, con todo lo desagradable que puede sonar. Si se tratara de un problema de uso o de una explicación impuesta por los hablantes, no me ocuparía del tema como el cambio de significado de la palabra RUTA en Barquisimeto. La explicación que con frecuencia se oye para destrozar el uso del “DE QUE” es aparentemente lingüística y eso debe ser aclarado. El recurso de autoridad es acicate para imponer una aberrante expresión y eso debe ser atacado con todos los medios que estén a nuestro alcance.

pininosyzancadas@gmail.com

martes, mayo 15, 2007

Doble negación

Por Hilde Adolfo Sánchez F.

Con la excusa de la “redacción científica” se cometen continuos atropellos contra el idioma. Las dos razones que más influyen en esto es la errónea creencia de que el idioma deber ser lógico y además la pretendida y absurda tendencia a equiparar el idioma castellano con el inglés. Ambas aberraciones, sin negar las influencias presentes en nuestra lengua, demuestran un desconocimiento de la ascendencia lingüística y una malsana tendencia a castrar el idioma de los recursos que le dan verdadera vida y expresión humana al más hermoso patrimonio de la humanidad. No entender la ingente diferencia entre un “salón medio lleno” y un “salón medio vacío” implica una necesaria revisión de nuestra concepción del lenguaje. Hablar de la doble negación no es sino un recordatorio del impacto que siempre ha tenido la lógica en nuestra tradición cultural, pero sobre todo la dificultosa disyuntiva entre la racionalidad y el imperio de lo emocional, de lo metafórico. A esto se agrega que por muchos argumentos disponibles será siempre el hablante, y sólo él, el dueño del poder para decidir lo que se debe decir y lo que no. De acuerdo con la lógica proposicional “una afirmación se convierte negativa con la utilización de un adverbio de negación, pero si la frase afirmativa implícitamente o por el uso de algún recurso de negación es negada de nuevo, el resultado será la desaparición del efecto negativo por lo que se logrará una afirmación”. De acuerdo con esto, “No (A)” es una negación, pero “No (no A)” será una afirmación. “La doble negación de una fórmula equivale a su afirmación”.

El problema es que las lenguas no siguen ese patrón lógico estrictamente. El latín, como lo expresa Mercedes Rueda Rueda del departamento de filología hispánica de la facultad de filosofía y letras de la Universidad de León, “a diferencia de lo que ocurre en castellano, la presencia en una misma frase latina de dos negaciones provoca no un refuerzo de las mismas, sino su debilitamiento o anulación dando lugar a un resultado afirmativo. Dependiendo de las negaciones que concurran y de la posición que ocupen en la secuencia se obtienen distintos grados de debilitación”. Quiere decir que el latín, lengua madre romance, ya plantea una variación de la tajante aceptación de la doble negación con resultado afirmativo. (Ver: http://www3.unileon.es/dp/dfh/ctx/1997/rueda1.doc”.

La autora presenta ejemplos del latín, con la negación compuesta + non, con la que se destruye totalmente la negación, como “Nemo non”, “nullus non” = todo el mundo, “nihil non” = todo, numquam non = siempre, nusquam non = en todas partes. Con non + negación compuesta, se obtiene una afirmación parcial o restringida, como “non nemo” = alguno, non nihil = algo, “non nunquam” = alguna vez, “non nusquam” = en algún sitio. Ahora bien, dos negaciones compuestas se anulan; como Numquam ille nihil dixit. La negación + prefijo negativo, se destruyen obteniéndose, una expresión afirmativa más enfática. Se produce de nuevo un efecto de lítote: non ignoro = sé. En castellano esto se mantiene (si no lo ignoro, lo sé). Todo esto por el efecto de la lógica mediante la cual "Duplex negatio affirmat" (la negación doble afirma).

Sin embargo, existe una serie de contextos en latín, en los que, al igual que sucede en las lenguas romances, “concurren varias negaciones sin que éstas se destruyan”. Esto se produce sobre todo “en el habla popular, esporádicamente en los períodos clásico y postclásico y con mayor intensidad en el latín decadente” (gracias a este latín decadente existen el francés, el portugués, el castellano, el rumano y el italiano). Muchos ejemplos corresponden a neque + otras palabras + negación: neque ego haud comittam, neque ea nunc ubi sit necio. En la prosa clásica sólo se admiten dos negaciones cuando: a) una negación de sentido general (non, nemo, nunquam...) pasa a detallarse en sus partes por medio de las partículas neque...neque: Habeo hic neminem neque amicum neque cognatum (Plauto). b) una negación de significado general se especifica por medio del giro ne...quidem: numquam illum ne minime quidem in re offendi (Cicerón). (Ídem)

Ya en latín existían casos de coaparición de varios términos negativos que no daban lugar a una afirmación, excepciones estas explicadas, según recoge Llorens (citado por Mercedes Rueda), por el influjo sintáctico del griego, lengua de numerosas negaciones. En éste, como en otros tantos procesos, el latín se constituye en la base y prototipo de posteriores evoluciones que luego definirían los sistemas de negación romances y dentro de ellas nuestro castellano.
Bruno Camus Hergareche escribió “Negación doble en la Romania: un cambio sintáctico”, en el que estudia el problema de sintaxis histórica de las lenguas románicas para la sustitución de oraciones como “Nadie no vino” con negación doble, es decir, un indefinido negativo más el adverbio de negación por construcciones de una sola negación como “Nadie vino”, sin el adverbio NO. Entre los ejemplos el autor incluye casos del gallego—portugués, catalán, rumano, francés, provenzal y hasta unos cuantos dialectos italianos cuya situación en muchos casos no es clara. http://www.ucm.es/BUCM/revistas/fll/0212999x/articulos/RFRM8788110011A.PDF

Como gran consuelo en uno de esos foros d la red en los que aparentemente no se puede sacar ningún provecho, leí sobre dudas ante la doble negación en: “no vino nadie, no hice nada, no tengo ninguna”. Expresaban muy acertadamente: “En español existe un esquema particular de negación, que permite combinar el adverbio NO con la presencia de otros elementos que tienen también sentido negativo”. “Si estos elementos van antepuestos al verbo, éste no va acompañado del adverbio de negación NO: Nunca voy al teatro; Él tampoco está de acuerdo; Jamás lo haré; Nadie lo sabe; Nada de lo que dice tiene sentido; Ninguno de ellos es actor; En su vida lo conseguirá; Ni su padre lo perdonaría. Pero si van pospuestos al verbo, éste debe ir necesariamente precedido del adverbio NO: No voy nunca al teatro; Él no está de acuerdo tampoco; No lo haré jamás; No lo sabe nadie; No tiene sentido nada de lo que dice; No es actor ninguno de ellos; No lo conseguirá en su vida; No lo perdonaría ni su padre. La concurrencia de esas dos NEGACIONES no anula el sentido negativo del enunciado, sino que lo refuerza.” La doble negación sigue viva. (Ver: http://forum.wordreference.com/archive/index.php/t-223753.html).

En conclusión, es muy aventurado pretender la execración total en nuestra lengua castellana de la doble negación, con permanente efecto distinto en la lógica y en las lenguas germánicas como el inglés. Con el ropaje de un supuesto discurso científico sólo se evidencia ignorancia de quien pretende excluir la doble negación, patrimonio histórico que increíblemente pervive aún en nuestros días. Ahora bien, las válidas expresiones negativas como “no vino nadie” o “no tengo nada que brindarte” no significan la anulación de la negación ante la concurrencia de ambas (se enfatiza la negación). Hay doble negación con resultado afirmativo en “no es desconsiderado”, pero el resultado no sería el mismo si dijéramos “es considerado”; el énfasis no es el mismo y ésa es nuestra responsabilidad en la configuración de nuestro discurso.

pininosyzancadas@gmail.com

domingo, mayo 06, 2007

Guarico de Lara

Hilde Adolfo Sánchez F.

Mi amigo Julio Escalona, cubireño como yo, ha sido asediado por algunos amigos de Guarico pues surge la duda entre guariqueño y guariquense, cuando ambos adjetivos indican a personas naturales de Guarico y Guárico. No deben considerarse ofensivo ninguno aunque no me atrevo a llegar a algún lugar y utilizar un gentilicio válido y gramaticalmente correcto sin solicitar la autorización a los lugareños. Eso ocurre con todas las palabras que reflejan una identificación geográfica o cultural. Por ejemplo, aunque nos pongamos de acuerdo todos los venezolanos, jamás lograremos que los maracuchos, los andinos o los orientales dejen de usar los términos que forman parte de su cotidianidad.
Cuando el usuario oye una designación distinta a la que ha estado acostumbrado decide usar la tradicional, la nueva o cualquier otra. Deberíamos tener claro que el gentilicio es una evidencia que caracteriza nuestra lengua. El castellano es más flexivo que aglutinante por lo que contamos con flexiones verbales, nominales (con adjetivos y adverbios incluidos), además de las flexiones internas.
Como se puede interpretar en el DRAE, cualquier diccionario nos presenta una diversidad de recursos que utiliza el hispanohablante para indicar la conexión entre una persona y su lugar de pertenencia u origen. El gentilicio es aquel adjetivo o sustantivo con el que se alude a los naturales de una provincia, una región, un país o un continente. Es una palabra derivada de un nombre propio que se forma frecuentemente con los sufijos -ano/a: venezolano, americana; -eco/a: guatemalteco; -enco/a: ibicenco, jijonenca; -ense: jimenense; -eño/a: cubireña, guariqueño; -és/a: cordobés, milanesa; -í: iraquí; -ino/a: granadina, aconcagüino. Los sufijos utilizados en todos los países de habla hispana para crear los gentilicios de alguna ciudad no siempre coinciden; así, por ejemplo, los habitantes de Cuenca de España se denominan conquenses, mientras que los de Cuenca de Ecuador reciben el nombre de cuencanos; los de San Carlos, en Nicaragua son carleños, en Uruguay carolinos o maldonadenses y en Venezuela carlenses (jamás lo he oído).
Orienta el mismo DRAE que en ocasiones puede haber más de una forma para denominar a los oriundos de un país o una región: alemán, tudesco, teutón; mexicano, azteca; amazonense, amazónico; brasileño, carioca; bonaerense, porteño. Ibérico identifica tanto al español como al portugués.
Ésta y cualquier otra explicación, sencillamente describe lo que un grupo de usuarios se ha acostumbrado pues la decisión recae en su uso, en la tradición. Normalmente es el propio lugareño el que decide su gentilicio aunque la expresión se le haya oído por vez primera a algún extraño. La creatividad, la eufonía, la distinción con gentilicios parecidos o distintos pueden ser factores influyentes para la escogencia de un gentilicio.
Algunas tienen aceptación y otras las rechazamos de plano. Los sufijos –eño, –enso y _ense por lo general no encuentran resistencia pues son muy comunes en nuestro país, pero otros hasta nos lucen ofensivos por costumbre, por gusto o por ignorancia. Como ha ocurrido con los términos chiripero, escuálidos y hasta guaros y gochos, originalmente ofensivos y luego identificadores de grupos políticos y gentilicios. No hay dudas de que nos referimos a los mismos lugareños con los términos maracucho, marabino, maracaibero y por desplazamiento semántico con frecuencia llega a abarcar a todo el pueblo zuliano.
Términos y estructuras gramaticales se usan, nos gusten o no. El usuario tiene la última palabra, es quien decide; en todo caso es recomendable que las preocupaciones por el idioma mejoren nuestras relaciones y contribuyan con la convivencia y que no se conviertan en excusas para la separación, para las ofensas, para las agresiones.
Es muy oportuno recordar a Antonio Jordana quien en su muy leído blog, distingue entre el Tequeño como gentilicio y el tequeño como “pasapalo”. Nacionalmente es reconocido el orgullo de los guareneros (nativos de Guarenas) con su gentilicio. No sé si alguien tiene la capacidad para orientar sobre el gentilicio de cada región, de cada ciudad; yo no la tengo. Alguien me preguntó por el gentilicio de Ureña y la verdad, no tengo ni la más remota idea; supongo que “ureñero” o “ureñense”, como sé que “jaureguino” refiere al nativo de Jáuregui. La red es una gran ayuda y en ocasiones ni ella nos aclara todas las dudas.
En esta búsqueda comprobé que existe una infinidad de documentos que se refieren indistintamente como Guárico y Guarico al antiguo Municipio; con el cambio a Parroquia se observa más uniformidad en los documentos de la hermosa tierra fría perteneciente al Municipio Morán. Logré rastrear 480 documentos que no presentan la confusión del antiguo Municipio, salvo una proyección poblacional de la ULA (Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales) y algunas decisiones tribunalicias en las que se yerra en la acentuación del término que identifica a la referida parroquia. Creo que esto es más grave que la diatriba del gentilicio de la antigua Santa Cruz de Guarico (Janette García Yépez y Pedro Rodríguez Rojas). Muy reciente se cometió el error en una conversación entre el presidente Chávez y Marelys Colmenares (presidenta de la cooperativa Los Enders 0078) en la que se identifica a la “Parroquia Guárico (sic)”; el presidente pidió que se le aclarase si pertenecía a El Tocuyo (Aló Presidente 264 - Centro de Formación Socialista José Laurencio Silva, San Carlos - Estado Cojedes Domingo, 28 de enero de 2007).
Por si a alguien le interesa, hay un documento de la Cámara de la Construcción del Estado Lara, según el cual, para el 9 de Abril de 2007, entre las 455 Licitaciones registradas se encuentra una de MINFRA-LG-SAVA-084-06, Vialidad Agrícola Cayambé - Monte Carmelo - El Cielito de la Parroquia Guárico (sic), Municipio Morán, Estado Lara (Prog. 0+000 a la 16+600), desde el 12/6/2006 con “buena pro en proceso”. Supongo que se refiere a la Parroquia Guarico (http://www.ccl.com.ve/web/lic_imp.asp).

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El Idioma en los Medios

Hilde Adolfo Sánchez F.

El crecimiento de la radio y la televisión en la región es evidente. Esto ha permitido la multiplicación de comunicadores sociales con las consecuencias que toda masificación conlleva, máxime cuando en Venezuela aún no se forman los profesionales de la locución y en cuanto a las escuelas de periodismo parece que han descuidado un poco la preparación para el manejo del idioma. En estos medios se refleja con mayor agudeza la costumbre, la cultura, el nivel de formación de los hablantes por la trasferencia de sonidos. La mejor manera para mejorar el uso del idioma en nuestros comunicadores sociales es logrando el descubrimiento de las fallas y la internalización de la corrección con un basamento lógico y aceptable, pues locutores y periodistas se pueden convertir fácilmente en destructores del idioma o en fieles guías del buen hablar en beneficio de la comunicación oral. Hay muchas deficiencias en nuestros medios y en ellas no escapan periodistas, locutores y comentaristas universitarios y autodidactas, de AM y FM, sifrinos y populacheros, ricos y pobres, del este y del oeste, rurales y citadinos.
Voy a referirme a algunos ejemplos como el verbo influir el cual está siendo sustituido incorrectamente por ‘influenciar’. Hace poco oí un comentario al rector de la Universidad Cecilio Acosta, ante un reclamo de un televidente por el uso desagradable del verbo "aperturar" por parte del periodista entrevistador. Decía la alta autoridad académica que le parecía que se podía usar, como en los bancos, porque dicho verbo tenía su origen en 'aperto' (¿?). Creo que el televidente que hizo la llamada estaba en lo correcto. 'Abrir' del latín 'aperire' significa descubrir o hacer patente y 'apertura' de 'apertura' acción de abrir. Salvo la intención de seguir el ejemplo de "adequizar", "masificar", "convergencionar" y "copeyanizar", obviamente que teníamos mucho tiempo 'abriendo cuentas' cuando a alguien se le ocurrió en un banco sustituir la expresión por 'aperturar la cuenta'. Es problema de los hablantes si al aceptar la muerte de 'abrir' por 'aperturar' aceptamos 'aperturar' la boca, la puerta, la asamblea. Afortunadamente son pocos los que han continuado con esta barbaridad.
Lo mismo ha ocurrido con el verbo "accesar" como derivado de ‘acceso’ el cual a su vez es derivado de ‘acceder’. Se pretende dar a entender que es de origen inglés desconociendo que el término ya existe en castellano y ‘access’ en inglés es verbo o sustantivo dependiendo del contexto. Tan inconveniente es sustituir ‘acceder’ por ‘accesar’ como ingenuamente creer que ‘intervalo’ es grave o esdrújulo dependiendo de la ciencia que utilice el vocablo. Hemos observado en los medios un reiterado uso de 'me recuerdo' en vez de 'recuerdo' o 'me acuerdo'. El verbo 'recordar' sólo acepta la variante proclítica en caso reflexivo ('recuerdo a mí', 'me recuerdo niño') o cuando se refiere al despertar del que está dormido. En cambio, 'acordar' que también significa traer a la memoria, además de llegar a un arreglo, se puede usar como cuasireflejo. En ese sentido 'yo recuerdo' y 'me acuerdo' tienen el mismo significado. El otro caso que me llama mucho la atención es la tendencia de algunos amigos a 'eliminar' del castellano la palabra 'muy' mediante la sustitución enfermiza y exagerada de la palabra 'bien'. Basta con revisar el diccionario para observar que de la docena de usos registrados para 'bien' hasta ahora existe sólo una posibilidad equivalente a 'bastante' o 'mucho' e inclusive a 'muy'. Esto quiere decir que salvo la poca imaginación de quien sólo usa un significado y una sola función de 'bien' no podemos afirmar que es un error, pero por favor, la palabra tiene una diversidad mayor de la que se le está dando y no hay porqué decretar la muerte de 'muy' evidenciando poca creatividad.
He notado una tendencia a usar el relativo 'que' con antecedentes de animales y cosa dejando 'quien' para personas. Creo que eso no está mal, el error está en creer que usar el 'que' para personas es un error y concretamente un galicismo. El error sí se comete cuando se utiliza 'que' con un adverbio como un aparente antecedente: 'así fue que' en vez de 'así fue como', 'allí fue que' en vez de 'allí fue donde', etc. Es más, usar quien para personas aun cuando sea correcto pudiera sonar afectado; ejemplo, 'el médico que habló' suena mucho mejor que 'el médico quien habló'. Ahora bien, el error que no tiene nombre es el pleonasmo 'lapso de tiempo' cuando lapso significa 'tiempo entre dos límites'. Asimismo ocurre con el error en que han caído unos amigos al decir 'de gratis', pues 'gratis' es un genitivo que significa 'de balde', la preposición 'de' está en la desinencia 'is' de la palabra latina 'gratis'. La gramática comparada permite ver nuestro idioma desde otra óptica, pero debemos tener cuidado con las afirmaciones que tienden a transferir principios de una a otra, a menos que sean realmente aplicables. Tal es el caso de ¿qué edad tienes? y 'How old are you?' la traducción no debe ser literal sino literaria. De igual manera con 'buenos días'. Si bien es cierto en la mayoría de los idiomas se expresa en singular, en castellano es uso común y corriente el singular y plural para la mañana, pero plural para la tarde y la noche. Por lo tanto no debemos ruborizarnos por decir: 'buen día', 'buenos días', 'buenas tardes' y 'buenas noches' aunque estemos hablando de un solo día, de una sola tarde o de una sola noche. No está de más recordar que la real academia de la lengua no es un tribunal que permite o no el uso de las palabras o expresiones; es sencillamente un registro del uso de las palabras. Por ello es muy peligroso (y no 'bien peligroso') cuando el docente, el periodista o el locutor usan inapropiadamente el idioma porque avasallan al usuario común el cual está en desventaja al llegar a menos interlocutores. El hablante masivo debe diferenciar entre el lenguaje coloquial y el lenguaje standard y no subestimar a sus interlocutores. El idioma es un instrumento que debemos recuperar todos, pues es un vehículo de uso común. No es necesario ser experto para evitar su muerte o colaborar con su terapia. A nadie se le ocurre tomar un curso de mecánica para manejar un vehículo automotor, pero el desconocimiento de su funcionamiento nos puede llevar con facilidad a un accidente o a la pérdida parcial o total del bien que hemos adquirido, incluyendo nuestras vidas.
Estos errores son algunos de los que oído en los medios radioeléctricos, pero en honor a la verdad muchos profesionales dan cátedra en el manejo de nuestra lengua madre, por ejemplo Eligio Pineda, Roger Soto, Ulloa Gil, Orlando Azuaje, Armando Cuello, José Martínez Guaidó (Maestro de maestros e institución de la locución) e Isaac Del Moral con su pupilo César David Bastidas. Este muchacho, por cierto, creo que es nuevo en la región pero se le nota calidad vocal sin sobreactuación ni rebuscamiento, cuidado en el manejo del idioma y acuciosidad en la indagación lingüística y pedagogía seria y responsable para la orientación acertada a sus oyentes. Hay esperanza.

Dígame, Licenciado..., ¡Licenciado!

Hilde Adolfo Sánchez F.

Diplomas, certificados, títulos, licencias adornan las paredes de casas, instituciones y oficinas públicas y privadas, y abultan carpetas, archivos, carteras y bolsillos; algunos de estos documentos son legítimamente logrados, otros mediante subterfugios, trácalas, pillerías y pare de contar. Es por ello que se poseen certificado de nacimiento, de defunción, licencia de conducir, de expender licores o cigarrillos, de reposo, diplomas de honor, de egresado de algún nivel educativo, títulos o licencias de manejar, de locución. ¿Quién no ha dudado al acercarse a alguien por la posible ofensa al no tratarlo con el título que posee o quedar como ingenuo al tratar a alguien con un título que realmente no posee?
Certificado es el participio pasado de certificar y la certificación es el documento en el que se certifica, pues es el instrumento en el que se asegura la verdad de un hecho. La licencia es la facultad o permiso para hacer una cosa, es el documento en el que se consta la licencia. Entre muchos otros significados se tiene que en la universidad de Alcalá, se decía que eran licenciados los sujetos que en las licencias se señalaban para que recibiesen por este orden el grado de una facultad; en ese sentido el licenciado es la persona que ha obtenido en una facultad el grado que le habilita para ejercerla; es el tratamiento que se da a los abogados, aunque no ostenten el título de licenciados (especialmente en México). Diploma es el título o credencial que expide una corporación, una facultad, una sociedad literaria, etc., para acreditar un grado académico, una prerrogativa, un premio, etc. Hay personas que creen en la preeminencia de los títulos (como en los nobiliario del pasado), del apellido, del color de la piel y hasta de la ubicación económica o geográfica por el nacimiento o por la zona de residencia y necesitan un título más que la comida o que el aire.
La Iglesia Católica tiene entre sus santos muchos doctores. En Venezuela, un doctor es una persona diplomada con el grado más alto que puede otorgar la universidad y según la respectiva ley, para ello deben cumplirse una serie de requisitos como aprobar previamente una maestría, una cantidad respetable de unidades de créditos, dominio de un idioma moderno adicional, presentación, defensa y aprobación de una tesis doctoral; sin embargo también se le dice doctor al médico aunque no posea tal credencial (y doctora a la esposa del médico??) y tal vez por contagio a algunos otros profesionales ligados con la salud como farmaceutas, odontólogos, radiólogos, etc. Algunos abogados, ingenieros, economistas y hasta periodistas y políticos que ni saben de la existencia de los estudios de postgrado se autotitulan como doctores y se ofenden cuando no se les “reconoce” “su” “rango”. En las escuelas o facultades sin doctores, los profesores aceptan como halago la referida denominación y esto es recursivo en los egresados, de pregrado por supuesto. Un traje oscuro, un cargo directivo, una gobernación, una alcaldía, una diputación, un ministerio son fábricas permanentes de “doctores”, máxime si las personas poseen algún título de pregrado como economista, abogado. Esta denominación ha estado sustituyendo los otrora famosos certificados de sexto grado y los ya comunes títulos de bachiller.
Los títulos sirven para muchas cosas: el limpiabotas recibe las mejores propinas cuando atiende “doctores”, si usted quiere ser escuchado por algún desconocido no se le ocurra pronunciar el título de “señor”. No se debe confundir la función con el título, por ejemplo cualquiera que dé clase es maestro o profesor aunque carezca de ambos títulos; por cierto algunos funcionarios de algunas universidades “desconocen” que el título de profesor es equivalente al de licenciado y obligan a las personas que lo poseen a cancelar una cantidad de dinero para que el rector de la UPEL certifique tal correspondencia. Esto ha servido para que algunos payasos escondan su título de profesor con el de licenciado sembrando intencionalmente la duda sobre el área de especialización (legislación, administración, etc. pero nunca educación) como si fuera una vergüenza. Abogados, odontólogos, psicólogos, médicos, ingenieros, arquitectos están sometidos a leyes de ejercicio de la profesión, requieren de una licencia aunque no se otorgue el título de licenciado y son equivalentes a los de profesores y licenciados en educación para los que no existe una ley de ejercicio de la profesión como para los licenciados en administración, comunicación social, etc.
Algunos títulos ya no se otorgan como el de manejo (Rigoberto Ochoa posee uno), antiguamente algunas universidades venezolanas otorgaban el título de doctor a médicos, abogados y odontólogos al egresar del pregrado y los locutores actualmente deben acudir a una institución dependiente del Ministerio de Educación y no al Ministerio de Transporte y Comunicaciones para obtener el certificado para hablar en radio o televisión. Ahora bien, si usted duda de su título o desconoce el de alguien, lea el pergamino (si existe y si es legal) y no invente lo que no está escrito en él. De todas maneras como dijo una vez un político nacional amigo de la familia: “No sabía que era tan fácil ascender de bachiller a doctor”. Ahora bien, para que no nos sintamos tristes ni confundidos, el significado etimológico de doctor es ‘sabio’ y Esquilo Yépez al igual que el candidato a doctor, Nereo Mendoza dirían: ‑Más Doctor serás tú!!

Entre hipérboles y pleonasmos

Hilde Adolfo Sánchez F.

Cuando la prensa mundial reseñó que comenzaba la “guerra a muerte” entre los Bravos de Atlanta y los Yankees de Nueva York a nadie se le ocurrió que se anunciaba realmente una confrontación que implicaría la destrucción de vidas a menos que se revendieran entradas con un resultado parecido al triste episodio de Guatemala con decenas de muertos. Lo anunciado el 19 de octubre de 1996 era solamente sobre la selección del próximo campeón “mundial” de béisbol. En este caso nos encontramos con dos exageraciones: la tal guerra a muerte, por un lado, y el tal campeonato “mundial”. Algún día entenderemos que existe un mundo mucho más grande fuera de los Estados Unidos, y es lamentables que los bebedores de té y light coffee no lo vean pero más triste aún es que los “tercermundistas” sigamos creyendo que un campeonato nacional sea realmente una serie mundial, máxime cuando en los juegos olímpicos y en otras competencia se ha demostrado que lo de mundial no es más que una excusa comercial como la mayoría de las actividades que organiza el “gran” coloso del norte el, cual se ha adueñado del nombre del continente para designar su desnutrido espacio geográfico.
Esto quiere decir que nos encontramos con que hay maneras de expresar nuestras ideas y nuestras convicciones y sólo nosotros conjuntamente con nuestros interlocutores decidiremos las dimensiones de nuestras expresiones para comunicar nuestras sensaciones y apreciaciones resultando de ello un vicio o una figura literaria. La exageración es un recurso de mucha utilidad y cada quien verá el límite de su uso con sus consecuencias como las de la niña que anunciaba la cercanía del lobo hasta que éste se apareció de verdad y ya nadie le creyó. Estas reflexiones las saco a colación por el reiterado tiempo y espacio que le dedica Alexis Márquez a la palabra ‘colapsar’ por un uso supuestamente inapropiado pues lo que colapsa, muere y los políticos deberían esperar el colapso para hablar de él o describirlo. Después del colapso, la muerte, la ruina, la destrucción y sin embargo cuantas veces hemos leído y escuchado de muertes de amor, de miedo, de rabia, de risa y a nadie se le ha ocurrido revisar los libros de registros de defunciones para determinar cuántos muertos yacen en el cementerio por una de las causas prenombradas, sin embargo el holocausto del RETÉN DE LA PLANTA fue un desastre anunciado.
Creo que el uso del verbo colapsar así como otras expresiones catastróficas, diluvio, terremotos, inundaciones, declaración de emergencia y muchos otros, son de una gran utilidad porque pueden acelerar tomas de decisión previas (al menos aparentemente) a los desastres supuestamente ocurridos o por ocurrir. Si esperamos que la CANTV, HIDROOCIDENTAL, IMAUBAR, o las cárceles, etc. colapsen para exigir un plan de reestructuración, probablemente ni existamos para ver su mejoría. ¿Por qué esperar las muertes por dengue hemorrágico para comenzar la destrucción del mosquito y sus aposentos? La situación crítica que vivimos y la costumbre de actuar sólo en emergencia ha llevado a muchos gobiernos, incluyendo al estadounidense (no, americano), y a los ciudadanos a exigir la declaración de colapso para garantizar acciones rápidas y evitar lo que ha sido más un anuncio que una descripción de una realidad. El léxico se regenera con el uso y el desplazamiento semántico se va produciendo por el éxito o fracaso ante ese uso. El diccionario no se encarga de permitir la modificación o ampliación semántica sino que registra el uso consolidado. Vale el ejemplo que trajo a colación el colega Carlos Mujica en cuanto al término ‘vacío’ el cual si tuviéramos que usarlo sólo con el significado que él profundamente investigó, podría desaparecer. Coincido con él porque nadie duda del significado de ‘casa vacía’, o ‘corazón hueco’ pues además del uso que le da la física, también puede tener uso para lo psíquico y otras aplicaciones producto del desplazamiento semántico generado por el uso e iniciado probablemente con una exageración.
En cuanto a las redundancias, a veces conviene usarlas con propósitos que sólo el usuario sabe de acuerdo con su intencionalidad. Algunos casos han sido rechazados a medida que han perdido significado como: ‘subir hacia arriba’, ‘bajar hacia bajo’, ‘entrar hacia adentro’, ‘salir hacia afuera’, ‘lo vi con mis propios ojos’. Uno de estos casos, que a pesar de la insistencia de unos cuantos, ha sido el título de técnico superior universitario (TSU). Mientras una “subcultura” siga ignorando que los términos ‘superior’ y ‘universitario’ son equivalentes, de acuerdo con la Ley Orgánica de Educación, el pleonasmo (como figura o como vicio) será una necedad por necesidad. La autoestima de algunos técnicos superiores porque desconocen que su título es universitario y el no menos pobre autoconcepto de algunos miembros de los institutos y colegios universitarios que ignoran su condición de institutos de educación superior mantendrá por mucho tiempo el estridente TSU.
De manera que el uso de las exageraciones y las redundancias va a encontrar siempre una mente comprensiva para interpretar correctamente lo que se quiere decir, pero al mismo tiempo, habrá personas dispuestas a atacar su obstinante uso. Esto, como lo dice la amiga Ana Benítez, tal vez no responda ya a ningún análisis para divulgarlo o para rebatirlo sino a posibles chocheras por lo que debemos estar alertas para no dejarnos sorprender cuando nuestros amigos, o adversarios, tengan que hacer grandes esfuerzos para convencernos de que los años no han pasado en vano, y nuestro nivel de tolerancia ha llegado a límites sólo justificados por una condición senil. Así veremos un uso más racional de los términos referidos a la muerte, a la destrucción, al colapso y captaremos con evidente claridad lo horrible, redundante y hasta ridículo, que es el término “superior universitario” o probablemente seamos enterrados con un epitafio que diga “aquí yace un enemigo de los TS, perdón de los TSU” o “Aquí yace un enemigo de los colapsos”.

Más sobre el idioma

Hilde Adolfo Sánchez F.

El primero de abril de 1996 se publicó mi primer artículo. Los responsables principales de esa hermosa experiencia han sido fundamentalmente mi padre quien fue durante muchos años fue columnista, corresponsal y distribuidor del DECANO de la prensa regional en CUBIRO; el segundo “culpable”, el Dr. Alfredo Estraño cuando nos exigió a sus alumnos del Doctorado de la UBA que publicáramos nuestras ideas para que un grupo mayor de personas tuviera la oportunidad de juzgar nuestro trabajo; sin embargo ya tenía bastante tiempo mordiéndome la lengua (o los dedos) por escribir algo inspirado no tanto en los errores que a menudo se cometen contra la lengua castellana sino porque en los medios de difusión de información regional y nacional algunos “expertos”, con el atrevimiento que sólo la ignorancia puede permitir, se dan a la tarea de hacer recomendaciones, regañar por errores de transcripción o en todo caso como efecto cultural, personal, con análisis que sólo tienen sustentación en el desconocimiento o en el uso de bibliografía obsoleta. De esos análisis idiomáticos aún queda reconcomio en algunas personas que lógicamente se sintieron aludidas, de las que no tengo por qué esperar gratitud. Nunca dudé sobre los riesgos que corría y corro como el que espero por las personas que les molesta el hecho de yo no utilice esta columna para fines grupales o político‑partidista, sino para expresar libremente las ideas y reflexiones en las que profundamente creo, amparado en lo que queda de la maltrecha libertad de expresión larense en el marco de la era del “no al silencio”.
Ya era un estudiante avanzado en mi pregrado de inglés y castellano en el pedagógico, y sin embargo permanentemente era corregido por mis amigos Limery y Noel así como por Boanerges y Magally, pues como entendían ellos, mi buen rendimiento académico con los Viaña, Zoraida, Gema y otros ilustres profesores no tenía suficiente fuerza como para modificar o erradicar mi léxico y mis estructuras lingüísticas surgidas de mis raíces campesinas de las que me siento infinitamente orgulloso, como me siento del aprendizaje del latín, del francés, del inglés y del griego, pero sobre todo del manejo de la lengua materna, oral y escrita, en el seminario La Divina Pastora con los curas paules. Por todo lo anterior, me atrevo de vez en cuando a hablar sobre el idioma y si no fuera porque tanto mi cerebro como mi corazón están llenos de muchas ideas y sentimientos para compartir con mis colegas y amigos me dedicaría exclusivamente a escribir sobre lingüística y sus ciencias afines; sin embargo tengo claridad de que el especialista no es nadie para dar permiso para el uso de un vocablo o una estructura; es el hablante con su uso permanente y consistente el alimentador del especialista. Mis análisis se han limitado a presentar a los lectores y amigos, especialmente a los colegas conocedores de nuestra lengua, argumentos que en el caso de considerarse convincentes podrían aceptarse o no. Es por ello que he expresado mi preocupación por el abuso de las mayúsculas, lo cual no tiene otra explicación sino en el desconocimiento de las reglas de acentuación ortográfica, con el argumento equivocado de que dichas palabras así no llevan tilde.
Ofrecer y ofertar, explotar y explosionar como muchos otros casos con suficiente fuerza para conservar significados tanto independientes como compartidos han conducido a otro error muy común referido a la proliferación de derivaciones que han ido surgiendo de una manera asombrosa, por el desconocimiento de que las palabras amplían sus significados por el desplazamiento semántico (Ley de Requisito de Variedad de Ashby). Por ejemplo: aperturar (en vez de abrir), recepcionado (en lugar de recibido) influenciar (por influir), accesar (en lugar de acceder). De ‘Influir’ (in fluere) se deriva ‘influencia’ (efecto de influir) y muchas personas han derivado ‘influenciar’ ‑aunque pudiéramos considerarlo como neologismo francés (influencer). Su derivación es correcta pues respondería a una regla de inflexión verbal desde un sustantivo. El problema está en que se está sustituyendo un verbo que ya existe en el idioma al que el nuevo derivado no le añade ningún atributo semántico con el riesgo de que más adelante a algún “cerebro” se le ocurra “inventar” el término ‘influenciación’ y con él ‘influenciacionar’. Creo que esto es una degeneración lingüística que no reporta ningún beneficio y como desviaciones que son deberíamos cuidarnos de ellas pues el hecho de ignorar un término y sus múltiples significados no nos “autoriza” a imponer normas destructivas a los demás hablantes.
Con ‘accesar’ tengo una opinión diferente a la que han expresado algunos colegas y amigos, sobre todo ahora cuando el término está cayendo en desuso hasta por los propios expertos y usuarios de la informática. En latín ‘accessio’, ‘accesibilis’ y ‘accesus’ tienen su origen en ‘accedere’ el cual se transformó en el vocablo castellano ‘acceder’ con el significado, entre otros, de ‘tener acceso’; no obstante ‘acceso’ ingresó al castellano directamente de ‘accesus’ con el significado de ‘acción de llegar o acercarse’ dejando a ‘accesión’ (derivado de ‘accesus’) la acción y efecto de ‘acceder’ dentro de los campos del derecho y de la medicina. De manera que me atrevo a afirmar que el verbo ‘accesar’ (condenado a desaparecer, aunque NETPOINT y demás conexiones de INTERNET hagan y digan lo contrario) puede ser considerado como derivado de ‘acceso’ el cual a su vez es derivado de ‘acceder’ comprobándose así los abusos de derivación sobre los que he estado alertando (si no se le pone freno a esto, vendrán accesación, accesionar, etc.). También puede ser considerado como de origen inglés donde existe como verbo o como sustantivo dependiendo del uso, anglicismo innecesario pues ‘acceder’, pienso, ha ampliado su grado de variación semántica y se ha enriquecido su uso por lo que no debería declararse su sustitución. Perfectamente se puede acceder (tomar) una información o ingresar a una información, un archivo o a un archivo, un documento o a un documento y se puede acceder un programa o a un programa porque acceder es acercarse, consentir en lo que otro solicita o quiere, ceder alguien en su parecer, tener acceso, paso o entrada a un lugar, tener acceso a una condición, situación o grado superiores, llegar a alcanzarlos, acceder el colono a la propiedad de la finca, por ejemplo.
Lo mismo observé durante mis estudios de música porque algunos colegas al igual que especialistas de física y matemáticas con poca lectura, por cierto, creían que “intérvalo” (sic) se usaba para estas áreas pues supuestamente ‘intervalo’ no satisfacía a dichos “expertos” y significaba “otra cosa”. En la actualidad el uso de la palabra grave está generalizado y ha dejado de ser un dolor de cabeza para los que nos duele nuestro idioma e incluso para los que carecen de buenas herramientas para esa defensa, sin que signifique que no se les debe reconocer su buena intención.

Lengua Latina, Madre y Compañera

Publicado en El Impulso el 20 de Julio de 1995

Hilde Adolfo Sánchez F.

Por obvias razones de parentesco el latín sigue teniendo un gran peso en la configuración del idioma castellano cuestión que aún no ha podido ser superada por el inglés a pesar de que cada día asfixia más y más con su creciente fuerza cultural, política y económica.
Un ejemplo de esa presencia latina se observa en la palabra ‘gratis’ que por ser un genitivo de la lengua madre de la tercera declinación se traduce de balde. Decir de gratis, es entonces redundante y equivaldría a decir de de balde.
Algo similar ocurre con el nominativo neutro de la segunda declinación cuya terminación -UM como pensum, curriculum, memorandum y datum se transforman en pensa, curricula, memoranda, data para su pluralización. El desconocimiento de esto ha llevado a muchos investigadores y académicos, especialmente, a mezclar incorrectamente los géneros porque creen que curricula (plural neutro) es singular femenino por lo que construyen la curricula cuando debería ser los curricula. Para evitar esta aparente contradicción es recomendable utilizar la expresión castellana, como currículo y su plural currículos; mientras logramos procesar mentalmente e internalizar la versión latina.
Pensum y curriculum crean dificultad por la afortunada proliferación de especialistas y estudiosos del proceso educativo en el que el currículo se constituye en un elemento indispensable; sin embargo el involucrarnos con una disciplina no sólo debe ser con su métodos y procedimientos sino con su léxico y la principal fuente sigue siendo tanto los diccionarios como los teóricos que han estado desarrollando la respectiva disciplina. Específicamente el término curriculum deja de referirse sólo a la carrera de la vida (Curriculum Vitae), a la experiencia del individuo para optar a un cargo o profesión y se convierte en la identificación de una disciplina, de una ciencia de la educación que pretende, dentro de un principio fundamental, la transformación del ser humano con la inserción en un mundo de valores para lograr en el futuro mediato o inmediato la transformación de la sociedad.
La expresión memorándum, es de uso muy común por lo que probablemente, no representa un gran problema, pero con datum se genera una pequeña dificultad por el uso en inglés de the data referido a los datos y the datum referido a un dato. Decir la Data es realmente una ingenuidad por no entender que la lengua anglosajona también asimiló la estructura latina en el neutro (bacterium-bacteria). Lo mismo ocurrió con el masculino (us-i) de la segunda declinación como fungus, fungi(pl) y con el femenino (a-ae) de la primera declinación. Nuestra lengua castellanizó estas dos últimas expresiones mientras que la lengua inglesa conservó su morfología original.
Como hemos visto, no sólo la medicina y las ciencias en general conjuntamente con el derecho conservan la tradición del uso morfológico original de la lengua latina sino que la misma forma parte del habla cotidiana. Conozcamos tanto la madre como su hija y honrémoslas usándolas correctamente.

Castraciones Idiomáticas

Hilde Adolfo Sánchez F.

Hemos dicho que no estamos exentos de cometer errores en el manejo del idioma a causa de las influencias, sociales, regionales y hasta familiares, pues la cultura plasma un sello indeleble en cada una de nuestras expresiones y actuaciones. Lo que no es perdonable es que se pretenda utilizar una supuesta autoridad que aun con buena intención confunda a los hablantes. Comentábamos en uno de nuestros artículos sobre el peligro de las redundancias idiomáticas (diferente al pleonasmo) cuando se inventan palabras para significados que existen y son de uso corriente; por ejemplo influir y acceder como explicamos el 19 de abril. Esta vez nos vamos a referir a las castraciones idiomáticas.
Empecemos con abocar y avocar. Todavía conservamos fresca en nuestra mente la discusión entre Caldera y Lusinchi por una famosa carta en la que aquél se había equivocado en el uso de estos vocablos. Es posible que esa haya sido una de las escasas ocasiones en la que el tristemente recordado expresidente haya acertado en algo, y para su mayor gloria ante uno de los hombres más ilustres del país y de América, a pesar de las evidentes dificultades que en la actualidad lo acompañan. Como se aclaró en esa ocasión, avocar es un término en desuso y se ha limitado al campo tribunalicio; los diccionarios declaran la “prohibición” de su uso. Con abocar no ocurre lo mismo. Etimológicamente el verbo ciertamente se refiere a la boca, pero su uso ha generado un desplazamiento semántico para significar acercarse, aproximarse. No es un arcaísmo ni existe ninguna “prohibición” para su uso por lo que no es necesario confabularse con ese intento de castración idiomática. Cuando queremos que algún organismo se aboque a la solución de un problema, realmente necesitamos que ponga no sólo su “boca”, su “cara” o su cuerpo ante un problema sino que se aproxime y se acerque para su inmediata solución. Ojalá todas los funcionarios públicos se abocaran al cumplimiento de sus obligaciones, probablemente tendríamos mejor calidad de vida. No es un error por lo tanto el titular del Diario El Impulso del 27 de junio en la página A-8 cuando expresó: “Los Quince se abocaron a resolver asuntos económicos monetarios”. A nadie se le ocurriría preguntar por la boca de esos países que están en búsqueda de una convergencia para lograr una urgente solución económica.
A lo anterior es necesario aclarar que en castellano no existe la v labiodental pues para los grafemas b y v se utiliza el mismo fonema /b/ labial. De acuerdo con la pronunciación nuestro idioma sólo posee fonemas vocálicos y consonánticos. Los consonánticos son: labiales, dentoalveolares, palatales y velares. Con el fonema /s/ de los grafemas s, c (ante e, i), x y z (después de e, i) ocurre lo mismo que con la b grande o de burro y con la v pequeña o de vaca. Estos casos sólo ocurren en algunas regiones de España y América Latina pero como una excepción, no como una norma.
Con así mismo y asimismo ocurre algo parecido. Hay una tendencia a evitar su uso por la “prohibición” que los ha rodeado. Así mismo (un adverbio de modo y un adjetivo) que significa de la misma manera, del mismo modo y Asimismo (adverbio) con el significado de también, además e igualmente. Ambos sintagmas tienen su uso específico en el que no debería haber confusión.
Con implemento ocurre algo bastante gracioso. Partamos del inglés: Implement significa herramienta, utensilio, elemento, instrumento y como verbo: poner en ejecución, completar, llevar a cabo. Si consultamos un diccionario castellano encontraremos que implemento es lo que sirve para llenar y tiene como sinónimos: instrumento, herramienta, o utensilio requerido para un fin determinado. Evidentemente que el proceso de derivación que nos proporciona el castellano nos abre las puertas para el verbo implementar con el significado de instrumentar el cual, gracias al desplazamiento semántico no se limita a la ubicación de una composición o arreglo musical en una serie de instrumentos sino al acto de organizar todo aquello que nos sirve para hacer una cosa o utilizar lo que nos sirve de medio para hacerla. El otro término relacionado con el mismo tema es implantar (in plantar) el cual significa establecer y poner en ejecución doctrinas, instituciones, prácticas o costumbres nuevas.
Otra castración que ocurre a menudo es la relacionada con la acentuación ortográfica de las mayúsculas. Sólo es comprensible la eliminación de la tilde en las mayúsculas cuando en la persona o mecanismo de acentuación hay incapacidad para hacerlo, las antiguas máquinas de escribir y el modernizante y generalmente frustrante correo electrónico, son ejemplos de ello. La mayoría de las personas que escriben sólo en mayúsculas, se han escudado en el invento de una supuesta prohibición de “acentuarlas” para ocultar un desconocimiento de las normas. No debemos eliminar las tildes de las mayúsculas pues no existe una norma que avale tal castración idiomática. Una evidencia de esto se encuentra en los antiguos libros, especialmente diccionarios, en los cuales a pesar del uso de planchas y sin la herramienta de corrección ortográfica que actualmente se encuentra en los procesadores de palabras la acentuación ortográfica siempre ha acompañado a la prosódica, incluso en las mayúsculas. Tan evidente es esto que Barquisimeto, y supongo que toda Venezuela, ha sido invadida por unas vallas con una propaganda de aceite que pregunta si usted. “vió” (sic) el aceite y un aviso identificador del parque a las madres frente al Aeropuerto de Barquisimeto donde acentúan el pronombre “ti”. Por supuesto que los responsables de ambos medios publicitarios no saben que, salvo por acento diacrítico, los monosílabos no llevan tilde. En conclusión, se puede dañar el idioma y nuestra cultura tanto por exceso como por deficiencia, tanto con redundancia como con castración idiomática.

Plan de Emergencia para la Recuperación del Idioma (PERI)

Publicado en el Diario EL IMPULSO el 19 de Abril de 1995

Hilde Adolfo Sánchez

Las personas que por cualquier circunstancia ‑estudio, lectura, interés o ambiente‑ tenemos el riesgo y hasta la responsabilidad de ser tildados de especialistas en el idioma castellano debemos ser muy cuidadosas al observar o recomendar guías para el manejo del idioma. Son varios los terrenos falsos que podemos pisar. Uno de esos terrenos falsos puede convertirnos en jueces con el “poder” de autorizar el uso de términos y estructuras. Esta situación puede ser castrante al truncar al pueblo la posibilidad de creatividad y transformación que le da vida, permanencia y trascendencia al idioma.
Asimismo cada quien tiene sus vivencias y concepciones que reflejan, uso, costumbre ‑una cultura‑ influyendo en la familiaridad para la aceptación o rechazo ante una duda idiomática. Es difícil deslastrarnos de los efectos culturales en nuestra formación con el solo hecho de recorrer institutos de educación superior, tomar algunos cursos de redacción o recibir asesoramiento periódico o continuo de expertos en el manejo del idioma.
¿Cuándo la opinión responde a la familiaridad social con un término o estructura y cuándo al análisis concienzudo y con el soporte de indagaciones serias y responsables? Una posición reduccionista puede hacernos pretender imponer a los “no especialistas” nuestras raíces culturales, nuestros errores familiares y locales a toda una población ávida de un honesto asesoramiento.
Surgen así “prohibiciones” y “permisos” que deben ser revisados cuidadosamente con responsabilidad individual y colectiva. Más importante que estas supuestas licencias son las fundamentaciones ante cada duda.
Un ejemplo lo dan las “asesores lingüísticos” de los bancos que obligan a los empleados a usar el vocablo ‘aperturar’ para indicar la apertura de una cuenta olvidando que ya existe el término ‘abrir’ haciéndoles creer que ‘abrir’ y ‘aperturar’ no es lo mismo. El acuñamiento de términos surge cuando el idioma carece del recurso expresivo como ocurrió hace mucho tiempo con el término ‘robot’ y en la actualidad con muchos términos de la informática como por ejemplo ‘computador’ el cual parece que no encuentra resonancia semántica en la palabra ‘ordenador’.
Otra palabra que se presta a confusión es ‘influir’ (in fluere) cuya derivación conduce a ‘influencia’ (efecto de influir) y muchas personas ‑especialmente políticos, comunicadores sociales y hasta docentes‑ han derivado ‘influenciar’ más que como neologismo francés (influencer). Más que la preocupación por la transitividad o intransitividad de dichos verbos, creemos que se debe aclarar que con ‘influenciar’ se pretende sustituir a ‘influir’. Como lo apuntan muchos colegas, su derivación es correcta pues respondería a la derivación un verbo desde un sustantivo de acuerdo con las normas establecidas. El problema está en que se está sustituyendo un verbo que ya existe en el idioma al que el nuevo derivado no le añade ningún atributo semántico con el riesgo de que más adelante a algún “cerebro” se le ocurra “inventar” el término ‘influenciación’ y con él ‘influenciacionar’. Creo que esto es una degeneración lingüística que no le reporta ningún beneficio y como desviaciones que son deberíamos cuidarnos de ellas pues el hecho de ignorar un término y su múltiples significados no nos “autoriza” a imponer normas destructivas a los demás usuarios.
¿Qué cuesta reconocer nuestras limitaciones y acudir a un diccionario, consultar a algún experto y hasta revisar algún texto de gramática antes de, irresponsablemente, iniciar un ciclo de uso de un sintagma? Esta obligación es de todos los usuarios del idioma ‑especialistas o no‑ porque muchas veces la entropía puede aparecer cuando no nos actualizamos y creemos que el idioma es un museo. En él el desplazamiento semántico y la polisemia idiomática están a la orden del día no sólo por el incremento de usuarios especializados sino por la renovación y migración de la información por lo que si carecemos de una sólida formación en el manejo de nuestro idioma terminaremos destruyéndolo y dentro de poco tendremos un castellano muerto en las bibliotecas como el griego clásico y el latín y probablemente necesitaremos un plan de emergencia para la recuperación del idioma o algo más grave: un plan de emergencia para la recuperación de la comunicación.

Tradición Ordinal

Hilde Adolfo Sánchez F.

El tradicionalismo es una doctrina filosófica, una manera de ver el mundo, que pone el origen de las ideas en la revelación y sucesivamente en la enseñanza que el hombre recibe de la sociedad. También se denomina como tal al sistema político que consiste en mantener o restablecer las instituciones antiguas en el régimen de la nación y en la organización social. Más cercano a nuestra cotidianidad se denomina tradicionalismo a la tendencia que se identifica con la adhesión a las ideas, normas o costumbres del pasado. A esto se opone la neofilia, tendencia que considerar como válido sólo lo nuevo. Entre ambas el ser humano y su construcción cultural van seleccionando entre lo tradicional y lo nuevo para, probablemente consolidar, modificar o sustituir lo tradicional. Son los grupos sociales los que en definitiva ejecutan este proceso, independientemente de que sea una persona o varias las que lo insinúen o planteen.
Con frecuencia los números nos recuerdan esa conexión con el pasado y la posible proyección futura; por ello recordamos nuestra fecha de nacimiento, nuestra edad, nuestro grado de instrucción. Esto lo aplicamos a nuestras instituciones, a nuestras comunidades, países y naciones. Dentro de los numerales conocemos cardinales, ordinales, fraccionarios, multiplicativos, distributivos y colectivos, pero los dos primeros son los más usados recursos para palpar la conexión con el pasado. Nos encanta soplar las velas de cumpleaños, contar los años que hemos dedicado a nuestra formación y recordar lo primero que nos ha ocurrido en nuestras vidas: el primer amor, el primer hijo, el primer diente, el primer nieto, el primer cuaderno, la primera caída, la primera casa, la primera comunión, el primer concierto, el debut. Llega un momento en el que lo “primero” se esfuma en el olvido y comenzamos a recibir ayuda de fotos, grabaciones, por ejemplo, para devolver a la memoria todo eso que por primera vez nos dio una sonrisa o una lágrima. Las comunidades han creado o han permitido surgir los cronistas e historiadores como luces que se han encargado de impedir que borremos de nuestra memoria colectiva esos recuerdos que alguna conexión podrían tener con nuestro presente y hasta con nuestro futuro.
Cada 14 de enero, alguien se encarga de recordarnos el número que se corresponde con la visita de la Divina Pastora; Chávez nos recuerda diariamente que estamos en la quinta república. Para algunos, como el maestro Guillermo Morón, no hemos salido de la primera. Quienes han bautizado las brigadas militares venezolanas, definitivamente desconocen la diferencia entre ordinales y cardinales.
Congresos, festivales, jornadas y hasta fiestas que pueden dar cuenta de alguna tradición o del posible inicio de una, son etiquetados con un numeral ordinal para indicar que protegemos alguna tradición, que queremos iniciar, legítima o ilegítimamente, alguna nueva o que deseamos sepultar la que no se corresponde con afectos o intenciones íntimas individuales o colectivas.
En toda Venezuela como en muchos otros países, se celebran innumerables festividades y tal vez por esa sensación de eternamente pertenecer a un “nuevo mundo” tenemos una tendencia a reducir permanentemente, con cualquier excusa, esos numerales. Por ejemplo, El Tocuyo ha sido reconocido nacionalmente, al igual que Carúpano y muchas otras localidades, como ciudades de tradicional celebración de carnaval, pero a alguien se le ocurrió en algún momento agregarle el adjetivo de revolucionaria y hasta bolivariana para intentar, con un triste, inmaduro e infeliz recurso neofílico, borrar una tradición en algunas municipalidades del país.
Los cronistas de cada ciudad podrían revisar los archivos y contarnos a cada comunidad la fecha de inicio de éstas y otras festividades y celebraciones para que descubramos alguna tradición. La UCLA ha pasado por una gran cantidad de nombres, creo que como ninguna universidad venezolana o del mundo, sin embargo en su haber se cuentan, creo, hasta los años en los que funcionó como Centro de Estudios Superiores. La anunciada Universidad Politécnica Andrés Eloy Blanco (si es que se concreta el compromiso público adquirido por el presidente y todo el gobierno nacional) deberá contar como parte de su tradición al Ciclo Básico Superior, al Instituto Universitario Experimental Barquisimeto y al aún vigente Instituto Universitario Experimental de Tecnología Andrés Eloy Blanco. Si éste es el año “cero” entonces debemos esperar una nueva partida de nacimiento para cada cambio importante que hayamos logrado o sufrido en nuestras vidas. Podemos estar viviendo no la V República sino al “I República revolucionaria bolivariana” y las mujeres podrán reiniciar su calendario con cada matrimonio y con cada divorcio. Ni tan mala la idea, ¿verdad?

pininosyzancadas@gmail.com

viernes, mayo 04, 2007

Coherencia y cohesión

Hilde Adolfo Sánchez F.

No me quejo de la formación que me dio el pedagógico pues, entre muchas cosas, la visión del inglés y del castellano me permitió valorar de una manera distinta lo aprendido del latín (aplicado después con mis alumnos de latín y griego en el Pepe Coloma de Cubiro) y me dio una base para disfrutar tanto la lectura como la escritura. No obstante, también aprendí, que el estudio de la lengua no es un campo exclusivo de los lingüistas. Las implicaciones son tantas y su “conocimiento” es tan relativo que su dominio estructural (externo) no es garantía del dominio de todos sus efectos e implicaciones.
Sin lugar a dudas que con lo lingüístico, el hablante pone en práctica todos sus conocimientos sobre la lengua pero “el discurso forma parte de un evento de comunicación y existe una estructura interna que incluye los mensajes, temas o tópicos que pueden ser presentados en enunciación, narración, descripción o argumentación”. (Molero de Cabeza, L., Franco A. y Vieira Lenita (2006) Estudios del Discurso en Venezuela, 17-32).
La coherencia y la cohesión son sencillos ejemplos de lo complejo que es el estudio del idioma. Se dice con frecuencia que la coherencia es una propiedad del texto, de naturaleza pragmática, en el que se le concibe como una unidad de sentido global (no debe haber contradicción de los hablantes, ni entre ellos, sobre lo que se está diciendo). La coherencia y la cohesión pueden ser reconocidas, entonces, como propiedades textuales o pragmáticas, resultado de la interacción emisor-texto-destinatario. Como diría Teun A. van Dijk “la noción de pragmática usada un tanto general y vagamente para denotar estudios sobre la acción, interacción y las relaciones entre los participantes del habla” http://www.discourses.org/beliar-s.htm .
La coherencia puede ser entendida coma la no contradicción en los textos que expresan, dentro de una unidad, alguna idea, algún tema; pero también hay coherencia cuando las ideas o temas que se expresan pueden ser aprehendidos por los lectores o interlocutores. Con frecuencia el lector incorpora a un texto más de lo que el escritor ha producido. El lector o interlocutor calificará un texto de coherente o incoherente, pero la responsabilidad puede ser tanto del escritor-expositor como del lector-interlocutor. Un texto perfectamente coherente para un grupo puede resultar incoherente para otro. Se comprueba que el nivel referencial incluye el mundo de la realidad susceptible de ser aprenhendido por los hablantes y de ser expresado mediante el discurso de un autor. El uso inapropiado de los tiempos, de la concordancia y la confusa ubicación de quien escribe, evidentemente trastorna la coherencia, pero también el confuso tratamiento de las ideas o temas (lo referencial, lo conceptual, lo lingüístico y lo discursivo están en juego)
Con la cohesión, los textos pueden presentarse como unidades imbricadas mediante diversos mecanismos de orden gramatical, léxico, fonético y hasta gráfico. “El emisor busca la cohesión y el destinatario la puede reconocer, y se materializa en guías puestas en el texto por aquél a disposición de éste, con el fin de facilitarle su proceso de comprensión. Para ello se recurre a tres grandes tipos de mecanismos lingüísticos: la referencia, la progresión temática y la conexión. Estos establecen relaciones entre diversas unidades de la superficie del texto (palabras, frases, párrafos, enunciados, etc.)” (http://cvc.cervantes.es/obref/diccio_ele/diccionario/cohesion.htm )
Tienen mucha razón quienes pregonan que no puede haber coherencia sin cohesión ni cohesión sin coherencia, aunque la cohesión luce como un recurso más inherente al texto; mas de qué sirve un texto con coherencia si carece de unidad, si es disperso. Algunos autores afirman que la coherencia es necesaria en todo trabajo escrito para lo que existen ciertas “expresiones o frases de transición” que sirven para lograr o facilitar el encadenamiento entre las oraciones y los párrafos y hasta las clasifican según la función que realizan. Por ejemplo, en http://www.uprh.edu/~dgonzal/ se enumeran: unir (y, e, ni, también, asimismo, entonces, de igual importancia, de igual modo, así como, en realidad); contrastar (pero, mas, no obstante, sin embargo, por otra parte, a pesar de, por el contrario, en cambio); comparar (de igual manera, en forma similar, de igual modo, como, así como, tal como, igual, mejor, peor, ) causa ( porque, pues, ya que, de modo que); consecuencia (luego, así que, con que, de modo que, tan... que, tanto... que, por tanto, por lo tanto, por consiguiente); ejemplos (tal o tales como, en otras palabras, es decir, o sea, a continuación, por ejemplo, a saber); excluir (o, u, ya…ya, ora...ora); enumerar (en primer lugar, en segundo lugar, primero, segundo, tercero); propósito (para que, con el fin de que, con el propósito de, con la finalidad de..); restricción (aunque, si bien, por más que, a pesar de que..); modo (como, según, conforme, de modo que, de manera que..); tiempo (cuando, desde que, antes de que, mientras, a medida que, tan pronto como.); lugar (donde, adonde, de donde, por donde).
Éstas y muchas otras conexiones existen en el idioma como recursos (sin dudas, las uso) que pueden ser utilizados para darle al texto cohesión (a veces aparente), pero que jamás deben ser de uso obligado, salvo como ejercicio para quien está aprendiendo o enseñando. Quien utiliza u obliga el uso de la conexión lingüística y olvida la progresión temática, así como la referencia genera un daño inconmensurable a la ciencia y al arte.
Por mi trabajo como docente, tutor, miembro de jurados, pero sobre todo como lector observo que lamentablemente se está creando una especie de rosario disfrazado de “cientificidad” en el que textos incoherentes y carentes de unidad son acicalados con una retahíla de conectores: Asimismo hemos tenido en nuestras manos textos maravillosos con coherencia e indudable cohesión (por referencia o por progresión temática) que han sido destrozados pues algún “formulero”(típico del positivismo) consideró que debían agregársele algunos cuantos conectores, especialmente al comienzo de cada párrafo. Una retórica grotesca se está multiplicando y el arte se aleja cada vez más de los textos científicos. Se olvidan que más allá de las relaciones gramaticales están las relaciones semánticas. Una cosa es la hermosa ampliación que se está dando en el estudio del lenguaje, en el estudio del texto, del discurso por las más diversas disciplinas y otra que se pretenda simplificar la expresión idiomática, la composición, en una receta lingüística de sujetos más predicados, sustantivos con adjetivos, verbos con complementos, etc. como huecas obligaciones retóricas olvidando el real sentido y uso de la lengua y ni hablar del nivel conceptual referido a la intención y propósito del autor, del científico, del compositor.
En este insípido cascarón que se está construyendo se están pisoteando la verdadera cohesión y la verdadera coherencia, tomando en cuenta que todo esto responde a una racionalidad (cognitiva y metacognitiva) en la que aparentemente no hay espacio para la emoción, para la intuición, ni para las percepciones sensoriales. Se habla mucho del inseparable dueto arte-ciencia pero sin un verdadero y original espacio para lo primero.